Especiales enseñanzas.
No lo olvido ¿cómo hacerlo? Si fui feliz entre tus piernas. Cómo gocé con los castigos de tus senos entristecidos que a altas horas de la noche entre escaleras de antaño deleznables, al aire libre y pasillos promiscuos; refunfuñaban mis fuertes mordeduras, mis malos besos y mi lengua carrasposa afilada por tus pelos armados y siempre pendientes.
Porque desde la ventana morbosa me llamabas niño inerme, y sin importarte nada me mostrabas tu falda. Me enseñaste lo que es cantar el himno con mis pequeños huevos en tu boca y sin lastimarme, eso nunca, pues eres una artista. Eres delicada y sabes hacerlo todo bien, jamás te equivocas; un beso siempre donde es y cuando es. Qué grande eres aconsejando muchachitos en las calles, enseñándoles a tocarse y a quererse. Sabrá dios de esos pobres niños, desprotegidos en las sabanas mojadas de la ignorancia y de tantos rezos inculcados. Porque ya estarás muy vieja cuando entre basuras callejeras los pobrecitos ya adultados estén llorando arrinconados por la soledad y la inexperiencia.
Yo si te disfruté joven y reluciente, querida como una fruta mágica que en el centro de su pulpa vuelve y nace otra, interminable, infinita, cósmica, ácida, caliente, tierna, desjuiciada, maestra y madre. Afortunado yo de haber estado caminando jovencito y recién duchado por debajo del balcón de una señora alegre y sabia que gustó de mi.