-chicas, apaguen las maquinas, si entran prendan todo fuego, avísenle a Juan que está en el baño, lleven los palos y nos vemos atrás… ¿Y Mirta?
-Mirta está arriba llorando, dice que ya no puede más-
-chicas, apaguen las maquinas, si entran prendan todo fuego, avísenle a Juan que está en el baño, lleven los palos y nos vemos atrás… ¿Y Mirta?
-Mirta está arriba llorando, dice que ya no puede más-
Una.
Fui por un vaso de agua a descansar en la terraza unos minutos. Había terminado de llover y apenas caían algunas gotas de los árboles. Estaba Lucio mi compañero de clase fumando un cigarrillo. Me saludó. –Mira- me dijo, -¿Ves esa de allá?- me señaló una mona alta que caminaba hacia la esquina –estoy enamorado de ella- dijo. La mona alta que venia caminando firme, comenzó a bajar el ritmo y a apoyarse de la pared con cada paso que daba. Lucio no notaba nada, me comentaba de sus planes con ella y de cómo pensaba conquistarla. De pronto la mona alta y segura se desplomó y cayó de espaldas en el anden aún mojado y por momentos encharcado. El primero en acercarse fue un niño astuto que le palmeó la cara, al no notar respuestas; le sacó el bolso, le toco las tetas, el culo, y salió corriendo. Lucio desesperado se animó a bajar. En seguida llegó un montón de gente, la acorralaron y yo ya no la veía. Frenó lento un auto rojo al frente de la muchedumbre, se bajó un tipo gordo y grande, desesperado se abrió paso entre la gente y salió de ella con la Mona en sus brazos. La metió en el auto y se fue. Se la llevó. La gente se dispersó y la calle volvió a quedar sola. Justo ahí apareció Lucio. Desperado la buscaba por todos lados. Me miró en la terraza y con sus manos me preguntaba donde estaba. Yo no supe que responderle.
Un paralelogramo. Emprendimos rumbo juntos hacia el primer ángulo interno recto, un preludio foráneo lleno de sorpresas donde chocan defensa y méxico. Fue allí donde nos encontramos a los tres árabes regateándose a una puta y preguntando por donde quedaba paseo colón. Menos mal los cacheteamos porque nos querían robar, así que bajamos por esa línea recta corriendo pero riendo, rápido hasta llegar a nuestro segundo punto, el otro ángulo interno recto. Cruce que planteaba más preguntas que respuestas. Pasó un grupo de verduleros en un camión tirando frutas al aire y pregonando discursos fascistas mientras se reían viéndonos a nosotros asustados. De pronto tiraron un verdulero muerto a la mitad de la calle y siguieron su camino tocando la bocina y con la radio tropical a todo volumen mientras sonaba una salsa. Se fueron y llegó el silencio. Caminando hacia el tercer ángulo interno recto, tanta paz nos llamó la atención y todo ya nos parecía sospechoso. A mitad del camino de esa línea recta decidimos parar y replantearnos el siguiente paso. Estudiamos las posibilidades y nos dimos cuenta que llevábamos ya la mitad del recorrido. Teníamos una U hecha y si seguíamos se volvería en una O (de tipografía rectilínea). Lo cual generó debate porque sería volver al mismo punto. El tema era: devolvernos por un camino conocido, ya sin riesgos y dominado por nuestra experiencia, o: animarse a nuevas vivencias en un camino desconocido, intrigante, prometedor de muchas risas, colores y actuaciones. Éste último con el riesgo de ser atrapados y a sabiendas de que tal camino nos llevaría exactamente al mismo punto de partida, ya conocido e importuno. Aceptando claro, solo haber recorrido una U, nunca la O (mitad no más del cuadrado). Que frustración. Nos pareció represivo, y de hecho coercitivo. Decidimos entonces seguir. Casi llegando a la Tercera esquina de nuestro cuadrilátero, vimos recostados sobre una patrulla dos policías escribiendo poemas, inspirados y en éxtasis a punto de darse un beso. Eran grandes y gordos, eso nos asustó, nos toco parar y replantearnos todo otra vez. Nos sentamos y pensamos opciones. Seguir era demasiado riesgoso, no sabíamos la capacidad narrativa de aquellos dos poetas armados, y el tema de volver al mismo punto no nos ofrecía mucho por arriesgar. Igual devolvernos era aburrido, no proponía nada nuevo y estábamos muy felices. Fue difícil pero es mejor siempre ser ahorrativo. Volvimos y nos llamó la atención un panchero suicida que apareció de la nada en la segunda esquina (la que paso el camión de verduras), amenazando con jalar el gatillo o quemarse a lo bonzo si no vendía los panchos, sudaba y no paraba, no paraba. Cuando pasamos nosotros no se dio ni cuenta, gritaba y tenia muchos panchos acumulados en un banquito que tenía al lado, y mi primo sin culpa pisó uno. Nos miró y salimos corriendo. Después se escucharon los fogonazos. Llegando a la primera esquina ya a media cuadra del punto inicial, vimos que en la última esquina (la opuesta a la que estábamos), una de las que nunca pasamos, venia un grupo gigante de gringos vestidos todos iguales y cantando una canción medio borrachos. Entraban todos en un bar, El quiosquero espía de la esquina les tomaba fotos y tomaba apuntes. Yo creo que nos vio la cara. Ojala no sepa nuestros nombres, porque yo la verdad creo que nos vio la cara.