Al vértigo estetizante polulador de correderas maleducadas, que flotando inerme y ensalzado entre inmolados de espurias jaculatorias; eleve fatuo gozoso su infeccioso teñido de los edificios mal pensados. Porque la microscópica hombreidad preñadora y pródiga de arterias sucias libidinosas, convalecerá y amansará su procelosa mordacidad en ese tabernáculo, en ese altar rijoso, en ese olimpo acariciado.
La ubre recelosa y dueña madre de todos los chorros de luz estimulante de la noche miscelánea, libertadora de metrallas, centelladora de paz testicular, ella que abrace la garganta de las angustias, ella que berree sinceridad. A través del raciocinio su verdad lubricar, no vacile.
Al pletórico ruido seductor y poderoso de la quimérica mancebía; que lo comparta y palpite la conciencia inquieta de la morada celestial y colectiva, que vaticine la libertad juvenil y vigorosa, que con su escandalosa tirantez y aroma despierte el interés de cualquier clítoris andante, para que cuando el mirífico cielo se abra y el sueño vergel que prohíbe el azar reverdezca; lo haga ya sincero, estoico, y adaptado al filo momentáneo místico y alegre. Vivaz y agitador, un poco revoltoso.
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