martes, 7 de junio de 2011

Equilátero.

Un paralelogramo. Emprendimos rumbo juntos hacia el primer ángulo interno recto, un preludio foráneo lleno de sorpresas donde chocan defensa y méxico. Fue allí donde nos encontramos a los tres árabes regateándose a una puta y preguntando por donde quedaba paseo colón. Menos mal los cacheteamos porque nos querían robar, así que bajamos por esa línea recta corriendo pero riendo, rápido hasta llegar a nuestro segundo punto, el otro ángulo interno recto. Cruce que planteaba más preguntas que respuestas. Pasó un grupo de verduleros en un camión tirando frutas al aire y pregonando discursos fascistas mientras se reían viéndonos a nosotros asustados. De pronto tiraron un verdulero muerto a la mitad de la calle y siguieron su camino tocando la bocina y con la radio tropical a todo volumen mientras sonaba una salsa. Se fueron y llegó el silencio. Caminando hacia el tercer ángulo interno recto, tanta paz nos llamó la atención y todo ya nos parecía sospechoso. A mitad del camino de esa línea recta decidimos parar y replantearnos el siguiente paso. Estudiamos las posibilidades y nos dimos cuenta que llevábamos ya la mitad del recorrido. Teníamos una U hecha y si seguíamos se volvería en una O (de tipografía rectilínea). Lo cual generó debate porque sería volver al mismo punto. El tema era: devolvernos por un camino conocido, ya sin riesgos y dominado por nuestra experiencia, o: animarse a nuevas vivencias en un camino desconocido, intrigante, prometedor de muchas risas, colores y actuaciones. Éste último con el riesgo de ser atrapados y a sabiendas de que tal camino nos llevaría exactamente al mismo punto de partida, ya conocido e importuno. Aceptando claro, solo haber recorrido una U, nunca la O (mitad no más del cuadrado). Que frustración. Nos pareció represivo, y de hecho coercitivo. Decidimos entonces seguir. Casi llegando a la Tercera esquina de nuestro cuadrilátero, vimos recostados sobre una patrulla dos policías escribiendo poemas, inspirados y en éxtasis a punto de darse un beso. Eran grandes y gordos, eso nos asustó, nos toco parar y replantearnos todo otra vez. Nos sentamos y pensamos opciones. Seguir era demasiado riesgoso, no sabíamos la capacidad narrativa de aquellos dos poetas armados, y el tema de volver al mismo punto no nos ofrecía mucho por arriesgar. Igual devolvernos era aburrido, no proponía nada nuevo y estábamos muy felices. Fue difícil pero es mejor siempre ser ahorrativo. Volvimos y nos llamó la atención un panchero suicida que apareció de la nada en la segunda esquina (la que paso el camión de verduras), amenazando con jalar el gatillo o quemarse a lo bonzo si no vendía los panchos, sudaba y no paraba, no paraba. Cuando pasamos nosotros no se dio ni cuenta, gritaba y tenia muchos panchos acumulados en un banquito que tenía al lado, y mi primo sin culpa pisó uno. Nos miró y salimos corriendo. Después se escucharon los fogonazos. Llegando a la primera esquina ya a media cuadra del punto inicial, vimos que en la última esquina (la opuesta a la que estábamos), una de las que nunca pasamos, venia un grupo gigante de gringos vestidos todos iguales y cantando una canción medio borrachos. Entraban todos en un bar, El quiosquero espía de la esquina les tomaba fotos y tomaba apuntes. Yo creo que nos vio la cara. Ojala no sepa nuestros nombres, porque yo la verdad creo que nos vio la cara.



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